11 de noviembre de 2011

Treinta mil desaparecidos

Mientras escuchaba lo que se dijo en el foro de esta tarde, tan femenino, no podía dejar de evocar lo respuesta que me dio alguien a quien le pedí una declaración por la liberación de Rafah Nached: “Aquí, en la Argentina hubo treinta mil desaparecidos, y otro tanto en Brasil, en Uruguay, en Chile......¿Por qué tanta agitación por una psicoanalista siria? ¿O ustedes solo se interesan por los psicoanalistas?”

Esa respuesta me conmocionó.

¿Es una cuestión de número? ¿De porcentaje? Treinta mil desaparecidos… ¿Con qué vara se mide el horror? ¿Cómo hace uno para representárselo?

Sí, treinta mil es una cifra enorme, pero antes de llegar a treinta mil, ¿acaso no hubo también en Argentina uno, el primero, y después otro, y otro más?

La verdadera diferencia, la que cuenta, es la que hay entre el cero y el uno. Después solo se trata de la repetición del gesto en esa burocracia del terror en la que se convierten las dictaduras.

Rafah Nached fue encarcelada porque su práctica, orientada por el psicoanálisis, fue considerada subversiva.

¡Pero sí! ¿Acaso que el psicoanálisis no es lo que pone un palo en la rueda del amo? Reconozcámoslo, a veces nosotros mismos olvidamos que nuestro mejor destino es encarnar la peste, y que, aunque no ponemos en peligro la estabilidad de los estados, podemos transformar a la gente, podemos liberarlos del miedo, por ejemplo. Subversión del sujeto y dialéctica del deseo… Eso no es poca cosa, se los aseguro.

Yo misma, que fui detenida por la armada y considerada desaparecido durante algunos días, fui interrogada diariamente: “Y ustedes, los psicoanalistas, ¿a qué se dedican? ¿De qué hablan? ¿Dónde se reúnen? Tal vez nosotros olvidemos los poderes de la palabra, pero ellos no, no pensaban que el psicoanálisis fuera inofensivo. Y el régimen sirio tampoco.

Rafah Nashed. Ese nombre debe repetirse.

Créanme, cuando alguien es sacado de circulación, cuando no dispone de su cuerpo para ir y venir, o para hacer el amor, o para tomar un avión y visitar a su hija, entonces solo dispone de su nombre. Y ese nombre, transportado por otros, corriendo de boca en boca, es lo único que asegura que uno siga en este mundo. Mientras el nombre de Rafah Nashed circule, mientras lo pronunciemos, lo escribamos, ella tendrá la única libertad que le queda, y el psicoanálisis seguirá impidiendo que las cosas vayan a parar derechito a lo peor.

Graciela Brodsky
Conclusión pronunciada en el Fórum des Femmes

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